El “éxito” destruye el espíritu

10 de Nov de 2020
Hoy en día, la sociedad occidental está obsesionada con ganar. En el mundo del deporte, en la política, en los negocios…; el éxito se ha equiparado a tener buenos resultados, ganar dinero o tener prestigio. Si tu equipo pierde un partido, si pierdes unas elecciones o si tienes que cerrar tu negocio se considera que has fracasado. 
 
Desde pequeños, nos enseñan a competir contra los demás para lograr el éxito. “¿Habéis ganado el partido?”, “¿Cuántos goles has metido?” o “¿Qué nota has sacado?” son algunas de las preguntas más frecuentes que escuchamos de la boca de los adultos cuando hablan con sus hijos. La experiencia, si se han divertido, lo que han aprendido o lo que sienten pasa a un segundo plano. Por supuesto, todo esto se traspasa y se acrecenta en la etapa adulta.
 
Valorie Kondos Field, entrenadora del equipo principal de gimnasia femenina de UCLA durante casi 30 años, asegura que la cultura del “ganar a toda costa” crea seres humanos dañados emocional y mentalmente. Puede que lleguen a la cima de sus carreras, pero rotos por dentro. Si lo único que les imposta es ganar, se vuelven inestables, vulnerables, nada empáticos, crueles... Kondos afirma que es necesario redefinir el concepto de ‘éxito’, tratando de crear campeones para la vida,  independientemente de que ganen o pierdan. 
 
John Wooden, considerado como el mejor entrenador de baloncesto de la historia de la NCAA creó una pirámide para redefinir este concepto. El éxito, que ocuparía la cúspide de la pirámide sería “la paz mental que nace como resultado natural de la íntima satisfacción lograda al saber que uno hizo lo mejor que pudo para convertirse en lo mejor que uno es capaz de ser”. El trabajo duro, la amistad, la lealtad, la cooperación y el entusiasmo serían los principios que sentarían las bases para lograrlo. Un peldaño más arriba, encontraríamos el autocontrol, la necesidad de mantenerse alerta, la iniciativa y la perseverancia. A medida que vamos subiendo en la pirámide, nos toparíamos con conceptos como la destreza, el carácter o la confianza. 
 
En muchas ocasiones, los considerados como grandes líderes son personas implacables, nada empáticas y con una obsesión absoluta por los resultados. En una conferencia TEDx, Valorie admite que los primeros años como entrenadora, ella era así. Tras una dura y larga reunión de equipo, en la que vio cómo sus jugadoras se sentían infelices y vulnerables por su manera de tratarlas, decidió cambiar. Resalta que es es más fácil dar órdenes que motivar a alguien para que sea mejor, pero no es el camino. En sus propias palabras: “ser un dictador dogmático quizá cree soldaditos obedientes y buenos, pero no desarrolla campeones para la vida”.
 
Esta manera de “liderar” no sucede solo en el competitivo mundo del deporte, sino en todos los ámbitos e la vida. Un buen líder no solo ha de preocuparse por los resultados, no solo tiene que tratar a la gente que guía como trabajadores, atletas o estudiantes, sino preocuparse por ellos como seres humanos completos. De nada sirven los buenos resultados si por el camino nos cargamos el corazón o la mente de esa persona.