La evolución de la libertad

13 de Ene de 2020
La evolución de la libertad
El concepto de libertad ha estado presente en las mentes de los grandes pensadores desde tiempos inmemoriales. A través del pensamiento filosófico de algunas de las figuras más relevantes de la historia se puede vislumbrar cómo ha cambiado la sociedad y cómo ha ido evolucionando uno de lo debates más importantes de la humanidad. 
 
En la antigua Grecia, Aristóteles concebía a la libertad como algo restringido al hombre no esclavo, lo que trata como una cuestión natural. Esto es, el hombre libre es aquel que no está sometido a la potestad de otro, puede actuar por propia voluntad y, por tanto, es el único que puede participar en la vida social y política. El cautivo, por su parte, no podrá expresar sus ideas ni tomar decisiones. Para el estagirita, la libertad no es algo intrínseco a la condición humana, sino que se limita a aquellos que solo se pertenecen a sí mismos, tanto económica (no ser utilizado como un instrumento de trabajo) como moralmente (ser dueño de sus propias palabras y actos). Por supuesto, las mujeres y los niños también veían restringida esa libertad, las primeras por poseerla pero sin autoridad para utilizarla y los segundos por no haberla desarrollado todavía. 
 
Considerado como uno de los máximos influyentes del empirismo inglés, Hobbes es partidario de que los individuos cedan sus libertades en favor de un estado soberano, que los sacará de esa situación de “guerra” continua en la que se encuentran los hombres en su estado natural. Sacrifica las libertades individuales en pro una autoridad que termine con el estado de injusticia previo.
 
Frente a él encontramos a John Locke, padre del liberalismo moderno, que define la libertad como un derecho natural del hombre, anterior incluso a la constitución de una comunidad. La entrada del hombre en la sociedad civil con una autoridad soberana solo se sostiene siempre que esta sirva para proteger esos derechos naturales y evite los posibles obstáculos a la libertad individual que puedan generar terceras personas en un estado de individualidad total. 
 
Immanuel Kant transforma la libertad en una cuestión de clave ética, definiéndola como la capacidad de elección que toma en consideración las normas éticas por encima de las propias afecciones y deseos. Para el filósofo prusiano el ser humano será libre siempre que piense por sí mismo, se emancipe de las ataduras y convierta la razón en el faro de su vida. Su imperativo categórico sería la luz que debería guiar las acciones de los seres humanos.
 
Para Karl Marx, la libertad pasaba por la capacidad de dominar la naturaleza y la eliminación del poder de fuerzas sociales alienadas. Un hombre libre es aquel que logra controlar su destino, lo que para él sería posible solo a través de una democracia participativa. Para él, la libertad tenía también un componente colectivo y tuvo una fuerte influencia en su teoría política y social, tratando de construir una sociedad igualitaria, sin clases y en la que el egoísmo individual desapareciera en pro del bienestar del grupo.
 
Ya entrando en el siglo XX, Jean Paul Sartre acuñó la famosa frase: “El hombre está condenado a ser libre”. El existencialista considera que la libertad sí es inherente a la condición humana y por tanto, es absolutamente responsable del uso que haga de ella. Con ello nos indica que todas las acciones, elecciones y decisiones que tomemos serán, irremediablemente, cuestión únicamente nuestra. A este respecto, el filósofo Erich Fromm, con su obra ‘Miedo a la libertad’ hablaría de que el ser humano siente temor ante esa libertad, ya que es más fácil pensar que no la tenemos y poder echarle la culpa de nuestras desgracias a otros (jefes, circunstancias, Dios, el destino, personas con las que nos relacionamos, el Estado, las leyes…), que asumir que las decisiones que tomamos y nuestros actos -o la falta de ellos- son decisión nuestra.